No quiero nada. No tengo ganas de nada. Siento que entrego mucho y recibo poco. ¿Está mal querer recibir algo? Siento que acompaño mucho y me abandonan más. Siento que me dicen cosas, pero demuestran otras. Que no importa todas las preguntas que haga, no hay respuestas. ¿Cómo se puede confiar?
Siempre esperando, siempre al final. Al final, la vida sigue igual.
viernes, 15 de enero de 2010
jueves, 17 de septiembre de 2009
¿Cómo estás?
Otra vez te tuve y no te tomé en cuenta. No te miré. No sostuve tu mano. No te miré. Por un momento pensé que estabas bien, que todo estaba bien, como antes. Estabas un poco idiota, como antes. Hablabas golpeado, como antes. Estaba ella también, sí, como antes. No te miré. No puedo creer que no te haya mirado, que haya dejado pasar ese momento. ¿Definitivamente no te miré? No, no lo hice. Te tuve seguro y no me preocupé de disfrutar esos pocos segundos que te tuve de vuelta. ¿Cómo no me di cuenta? Era sólo un instante, ¿cómo no me di cuenta?
Dejé que las cosas pasaran. No tomé la iniciativa, como antes. No consideré tus palabras, como antes. Hasta sentí que me molestaba tu presencia, como antes. No sé cómo pude ser tan ciega. No me di cuenta de que era un regalo. Eran unos segundos en los que tenía de vuelta. No sólo estabas acá... ¡Estabas bien!
De pronto desperté y me dolió golpearme con la realidad. No estabas. No ibas a volver. Te tuve y te dejé ir como si nada. ¿Cómo pude ser tan tonta? Me confié. Y me dio rabia no haberte mirado para saber cómo estás, cómo te tratan ahí donde sea que vivas ahora. ¡Qué rabia! Fui tan tonta. Sólo me queda pensar que si es que hay una próxima vez, te voy a aprovechar al máximo... Ahora voy a estar alerta a cada momento, cada situación, con las personas que sea, porque puedes estar ahí y no voy a dejar pasar la ocasión para saber cómo estás.
Dejé que las cosas pasaran. No tomé la iniciativa, como antes. No consideré tus palabras, como antes. Hasta sentí que me molestaba tu presencia, como antes. No sé cómo pude ser tan ciega. No me di cuenta de que era un regalo. Eran unos segundos en los que tenía de vuelta. No sólo estabas acá... ¡Estabas bien!
De pronto desperté y me dolió golpearme con la realidad. No estabas. No ibas a volver. Te tuve y te dejé ir como si nada. ¿Cómo pude ser tan tonta? Me confié. Y me dio rabia no haberte mirado para saber cómo estás, cómo te tratan ahí donde sea que vivas ahora. ¡Qué rabia! Fui tan tonta. Sólo me queda pensar que si es que hay una próxima vez, te voy a aprovechar al máximo... Ahora voy a estar alerta a cada momento, cada situación, con las personas que sea, porque puedes estar ahí y no voy a dejar pasar la ocasión para saber cómo estás.
viernes, 27 de febrero de 2009
Cárcel
Vivo encerrada. Soy una prisionera. Tengo cadenas en las manos, grilletes en los pies y una correa me aprieta el cuello.
Mis carceleros siguen cada uno de mis pasos, gestos y movimientos para ver si estoy intentando escapar otra vez. A veces me desespero y tiro y tiro...pero no llego muy lejos. La correa no me deja respirar, mis ojos se ponen rojos y a veces pierdo la conciencia. Cuando despierto, puedo respirar, mi sangre corre por mis venas sin dificultad, pero estoy otra vez al principio con correas de refuerzo. Tengo que empezar todo de nuevo para que vayan largando otra vez mis cadenas de a poco.
Estoy encerrada en una cárcel disfrazada de familia o de hogar, como le quieran llamar. Es la más dolorosa e inexplicable de todas las prisiones. Tus gendarmes dicen que te quieren, pero te ponen grilletes en los pies. Dicen que confían en ti, pero siguen tus pasos en el estrecho radio que tienes de movimiento. Dicen que quieren cuidarte, pero aprietan tus cadenas y no te asfixian.
Las justificaciones no me importan...¡¡¡quiero huir!!!
Siempre me dicen que soy tan loca, tan impulsiva, tan inocente, tan confiada. Así me amarraron al principio. Es que le podía hablar a cualquier extraño en la calle...y quizás qué me podía pasar...¿por qué no me dejaron crecer?
Después me convencieron de que yo no concía el mundo, desconfiaban de él y todas sus amenazas, de las que yo no me podría defender. Supuestamente tenía las herramientas, pero no confiaban en mis capacidades de poder usarlas.No las había usado...¡obvio! si nunca me habían dejado... No querían que sufriera.
Cuando se dieron cuenta de que al parecer tenía más capacidades de las que creían y sabía manejarme un poco mejor de lo que imaginaban, me apretaron con fuerza, me tiraron otra vez hacia ellos y me asfixiaba. Dejé de tirar para escapar, porque eso sólo me hacía más daño. Tenía que encontrar la forma, la estrategia para liberarme sin hacerme más heridas en el cuello y muñecas, sin dejarme más hemorragias en los ojos y las uñas, sin moretones por todos los tropezones y las caídas por los tirones bruscos.
Me gané su confianza y me enlazaron a otro lado. Un carcelero que tenía máscara de ángel. Parecía una luz brillante y salvadora, que me llenó de ilusión. Cuando me acerqué demasiado, sacó una cuerda y me enlazó, como a una res. Simplemente me alumbraba con una linterna y para darle un efecto más místico le puso papel brillante y de celofán como filtro. El papel brillante funcionó como espejo y me encandiló. Por eso cuando estuve otra vez presa, me di cuenta de lo que pasaba. Era una trampa.
Ahora de los dos lados me tiraban. A veces se ponían de acuerdo para tenerme encerrada un tiempo mis primeros carceleros y después, el segundo.
Ahora he tratado de soltarme de los dos lados y no resulta...me hacen daño, me aprietan, me ahogan y redoblan la vigilancia sobre mí.
Quiero huir
Mis carceleros siguen cada uno de mis pasos, gestos y movimientos para ver si estoy intentando escapar otra vez. A veces me desespero y tiro y tiro...pero no llego muy lejos. La correa no me deja respirar, mis ojos se ponen rojos y a veces pierdo la conciencia. Cuando despierto, puedo respirar, mi sangre corre por mis venas sin dificultad, pero estoy otra vez al principio con correas de refuerzo. Tengo que empezar todo de nuevo para que vayan largando otra vez mis cadenas de a poco.
Estoy encerrada en una cárcel disfrazada de familia o de hogar, como le quieran llamar. Es la más dolorosa e inexplicable de todas las prisiones. Tus gendarmes dicen que te quieren, pero te ponen grilletes en los pies. Dicen que confían en ti, pero siguen tus pasos en el estrecho radio que tienes de movimiento. Dicen que quieren cuidarte, pero aprietan tus cadenas y no te asfixian.
Las justificaciones no me importan...¡¡¡quiero huir!!!
Siempre me dicen que soy tan loca, tan impulsiva, tan inocente, tan confiada. Así me amarraron al principio. Es que le podía hablar a cualquier extraño en la calle...y quizás qué me podía pasar...¿por qué no me dejaron crecer?
Después me convencieron de que yo no concía el mundo, desconfiaban de él y todas sus amenazas, de las que yo no me podría defender. Supuestamente tenía las herramientas, pero no confiaban en mis capacidades de poder usarlas.No las había usado...¡obvio! si nunca me habían dejado... No querían que sufriera.
Cuando se dieron cuenta de que al parecer tenía más capacidades de las que creían y sabía manejarme un poco mejor de lo que imaginaban, me apretaron con fuerza, me tiraron otra vez hacia ellos y me asfixiaba. Dejé de tirar para escapar, porque eso sólo me hacía más daño. Tenía que encontrar la forma, la estrategia para liberarme sin hacerme más heridas en el cuello y muñecas, sin dejarme más hemorragias en los ojos y las uñas, sin moretones por todos los tropezones y las caídas por los tirones bruscos.
Me gané su confianza y me enlazaron a otro lado. Un carcelero que tenía máscara de ángel. Parecía una luz brillante y salvadora, que me llenó de ilusión. Cuando me acerqué demasiado, sacó una cuerda y me enlazó, como a una res. Simplemente me alumbraba con una linterna y para darle un efecto más místico le puso papel brillante y de celofán como filtro. El papel brillante funcionó como espejo y me encandiló. Por eso cuando estuve otra vez presa, me di cuenta de lo que pasaba. Era una trampa.
Ahora de los dos lados me tiraban. A veces se ponían de acuerdo para tenerme encerrada un tiempo mis primeros carceleros y después, el segundo.
Ahora he tratado de soltarme de los dos lados y no resulta...me hacen daño, me aprietan, me ahogan y redoblan la vigilancia sobre mí.
Quiero huir
domingo, 8 de febrero de 2009
Gracias
y así como las cosas empiezan, también terminan. A veces mejor para unos, otras para otros. A veces, nadie sale bien parado. Quedan los recuerdos, buenos y malos, tristes, alegres y anecdóticos. Quedan los gestos, las miradas, las manos entrelazadas, los abrazos, los besos; todo dentro del corazón. Quedan las enseñanzas.
Quedan los momentos en los que quisiste huir. Quedan los momentos que quisiste que duraran para siempre. Quedan los sabores, los olores, las texturas, colores, sensaciones. Todo eso que queda, todo eso pasó. Quedan esas cosas únicas que entregó cada uno, que hacen de una relación entre dos personas, una burbuja con un mundo aparte, irrepetible.
Quedan tantas cosas que al mismo tiempo dejas ir. Quedan incluso los momentos que quisieras olvidar. Quedan los clichés y las cursilerías. Todo eso que pasó, todo lo que fue, todo lo que se terminó es lo que queda. Quedan las discusiones, las risotadas, las niñerías, las muestras de madurez, la compañía, la lealtad, los juegos, las mentiras, las verdades, las celebraciones, los cumpleaños, los tragos, las comidas, el cariño.
Todo ese pasado queda, aunque a veces te gustaría dejarlo ir, que te abandonara, que no te siguiera los pasos, que no estuviera en cada decisión, en cada movimiento que realizas durante el día. Imposible, se queda contigo, los recuerdos habitan en ti y no queda más que aprender a convivir con ellos. Mejor ni siquiera tratar de borrar todo lo compartido. Es así y punto. Ya pasó y aquí está. No queda más que decir gracias por todo lo entregado, consciente e inconscientemente, porque todo lo compartido, te hizo más fuerte, más grande, mejor persona. Sólo queda intentar no cometer los errores del pasado.
Yo no voy a tratar de borrar los recuerdos, sería borrar una parte de mí.
Gracias, de verdad.
Quedan los momentos en los que quisiste huir. Quedan los momentos que quisiste que duraran para siempre. Quedan los sabores, los olores, las texturas, colores, sensaciones. Todo eso que queda, todo eso pasó. Quedan esas cosas únicas que entregó cada uno, que hacen de una relación entre dos personas, una burbuja con un mundo aparte, irrepetible.
Quedan tantas cosas que al mismo tiempo dejas ir. Quedan incluso los momentos que quisieras olvidar. Quedan los clichés y las cursilerías. Todo eso que pasó, todo lo que fue, todo lo que se terminó es lo que queda. Quedan las discusiones, las risotadas, las niñerías, las muestras de madurez, la compañía, la lealtad, los juegos, las mentiras, las verdades, las celebraciones, los cumpleaños, los tragos, las comidas, el cariño.
Todo ese pasado queda, aunque a veces te gustaría dejarlo ir, que te abandonara, que no te siguiera los pasos, que no estuviera en cada decisión, en cada movimiento que realizas durante el día. Imposible, se queda contigo, los recuerdos habitan en ti y no queda más que aprender a convivir con ellos. Mejor ni siquiera tratar de borrar todo lo compartido. Es así y punto. Ya pasó y aquí está. No queda más que decir gracias por todo lo entregado, consciente e inconscientemente, porque todo lo compartido, te hizo más fuerte, más grande, mejor persona. Sólo queda intentar no cometer los errores del pasado.
Yo no voy a tratar de borrar los recuerdos, sería borrar una parte de mí.
Gracias, de verdad.
domingo, 23 de noviembre de 2008
mAmOna
Soy tan mamona... Me preocupo por ti...Aún tengo la esperanza de que alguien me espere con una sonrisa cuando llego. De que me llamen para saber cómo estoy.
Escribo cosas mamonas...me arrepiento después, pero es una forma de expresar de decir que no soy feliz todo el tiempo. Tengo pena, tengo susto, echo de menos, estoy insegura...y mil cosas más.
Oye. Ustedes no me ayudan. Y parece que yo no les ayudo a ustedes. Me da tanto miedo verte así, sin control de tus impulsos y tus músculos. Sin medirte en nada.
Verte ahí, tirada en la cama, sin moverte, con la ropa a medio poner, una copa de vino a medio terminar, y tantas pastillas como ropa interior tirada en el suelo...un montón de ropa en el suelo... No sé si es lo que me esperaba de ti. No sé cómo ayudarte.
Si me llevo la copa te enojas...Tengo que preguntarte a qué hora te levantas...para asegurarme de que vas a ir a trabajar, porque contigo así nunca se sabe.
Estoy harta de las peleas estúpidas que ustedes tienen. Harta de tener que someterme siempre a sus modos. ¿Quién se somete a los míos?
Escribo cosas mamonas...me arrepiento después, pero es una forma de expresar de decir que no soy feliz todo el tiempo. Tengo pena, tengo susto, echo de menos, estoy insegura...y mil cosas más.
Oye. Ustedes no me ayudan. Y parece que yo no les ayudo a ustedes. Me da tanto miedo verte así, sin control de tus impulsos y tus músculos. Sin medirte en nada.
Verte ahí, tirada en la cama, sin moverte, con la ropa a medio poner, una copa de vino a medio terminar, y tantas pastillas como ropa interior tirada en el suelo...un montón de ropa en el suelo... No sé si es lo que me esperaba de ti. No sé cómo ayudarte.
Si me llevo la copa te enojas...Tengo que preguntarte a qué hora te levantas...para asegurarme de que vas a ir a trabajar, porque contigo así nunca se sabe.
Estoy harta de las peleas estúpidas que ustedes tienen. Harta de tener que someterme siempre a sus modos. ¿Quién se somete a los míos?
domingo, 6 de julio de 2008
Encuentro con Ojos Caramelo
Los ojos color caramelo me siguen intrigando. Despiertan mi curiosidad y me hacen estar alerta a sus miradas. Espero que alguna de ellas sea para mí.
Y yo sé cuando una de sus miradas es para mí, porque sus ojos destellan y se ponen sinceros y con ganas de acurrucarse en mis ojos que
esperan pacientes.
Cuando llega el momento yo quiero que dure para siempre, pero son sólo vistazos o miradas de reojo que yo igual agradezco.
Sé que sus ojos no son para mí nada más, porque hay más personas y más ojos que esperan su mirada.
Espero paciente a que sus ojos se encuentren con los míos. Espero por un instante de confianza, de desnudez y de cariño que me llene por algunos minutos.
Y tú sabes que te busco. Y juegas. Parece que me fueras a ver, pero desvías la vista a un punto cercano, dejándome a la espera.
Después hablas con otra persona, pero me ves a mí y yo me siento importante, porque tengo tu atención, aunque sea en parte.
Otras veces siento que me ves y cuando te miro, ya tus ojos se posaron en otro lugar.
El momento que más me gusta es cuando por fin me hablas y me miras a la vez, porque sé que eres todo mío y nuestro ojos hacen y deshacen entre sinceridad y sensualidad.
Hay sólo un momento que me gusta más que mirarte: el abrazo de despedida. Nuestras miradas no se encuentran, pero cerramos los ojos y nos encontramos, pensando en este instante perfecto.
Y yo sé cuando una de sus miradas es para mí, porque sus ojos destellan y se ponen sinceros y con ganas de acurrucarse en mis ojos que
esperan pacientes.
Cuando llega el momento yo quiero que dure para siempre, pero son sólo vistazos o miradas de reojo que yo igual agradezco.
Sé que sus ojos no son para mí nada más, porque hay más personas y más ojos que esperan su mirada.
Espero paciente a que sus ojos se encuentren con los míos. Espero por un instante de confianza, de desnudez y de cariño que me llene por algunos minutos.
Y tú sabes que te busco. Y juegas. Parece que me fueras a ver, pero desvías la vista a un punto cercano, dejándome a la espera.
Después hablas con otra persona, pero me ves a mí y yo me siento importante, porque tengo tu atención, aunque sea en parte.
Otras veces siento que me ves y cuando te miro, ya tus ojos se posaron en otro lugar.
El momento que más me gusta es cuando por fin me hablas y me miras a la vez, porque sé que eres todo mío y nuestro ojos hacen y deshacen entre sinceridad y sensualidad.
Hay sólo un momento que me gusta más que mirarte: el abrazo de despedida. Nuestras miradas no se encuentran, pero cerramos los ojos y nos encontramos, pensando en este instante perfecto.
sábado, 5 de julio de 2008
Aprender a vivir
Oye. No ha sido fácil. No es fácil. Sigue complicándome la vida esto de que no estés aquí. Todos los días tengo que volver a asimilar que no estás, que no me dirás guagüi, que no me dirás que yo voy a ser una gran profesional, ni que tengo que hacer redes sociales.
Desde tu partida tuve que aprender a vivir otra vez. Todos los días. No es fácil. No ha sido fácil. Cómo le explico a mis profesores, compañeros y amigos que no es que sea irresponsable, sino que llego tarde, porque tuve que aprender otra vez a guardar mis llaves, mi celular, mi billetera y mi BIP! antes de salir.
Que no me acuerdo de que tengo perro hasta que estoy a punto de salir y la veo ahí, muerta de hambre y sed, meneando su colita con cariño. Ahí me acuerdo de que hay que alimentar a las mascotas, sino, mueren de hambre y no es su culpa siquiera. Le doy comida a la perrita y aparecen las gatas, reclamando lo suyo. En eso, ya se me van cinco o diez minutos, porque no puedo evitar acariciarlas y hablarles mientras las alimento.
Después, salgo apurada, pero a los segundos, se me olvida que iba apurada y camino a paso normal y luego grotescamente lento, observando el mundo como si no tuviera nada más que hacer. Qué lindos colores, olores, llamativas personas, gestos, miradas, formas de caminar, todo me llama la atención como si nunca hubiese salido a la calle antes.
De pronto me acuerdo de que iba apuradísima y camino más rápido, pero ya da lo mismo, porque voy media hora atrasada igual. Y llego tarde y la excusa es que los remedios, que el sueño, que el metro, que mi hermana, que mi mamá... El punto es nunca decir la verdad: que sin tí, todos los días tengo que aprender a hacerme el ánimo de vivir.
Desde tu partida tuve que aprender a vivir otra vez. Todos los días. No es fácil. No ha sido fácil. Cómo le explico a mis profesores, compañeros y amigos que no es que sea irresponsable, sino que llego tarde, porque tuve que aprender otra vez a guardar mis llaves, mi celular, mi billetera y mi BIP! antes de salir.
Que no me acuerdo de que tengo perro hasta que estoy a punto de salir y la veo ahí, muerta de hambre y sed, meneando su colita con cariño. Ahí me acuerdo de que hay que alimentar a las mascotas, sino, mueren de hambre y no es su culpa siquiera. Le doy comida a la perrita y aparecen las gatas, reclamando lo suyo. En eso, ya se me van cinco o diez minutos, porque no puedo evitar acariciarlas y hablarles mientras las alimento.
Después, salgo apurada, pero a los segundos, se me olvida que iba apurada y camino a paso normal y luego grotescamente lento, observando el mundo como si no tuviera nada más que hacer. Qué lindos colores, olores, llamativas personas, gestos, miradas, formas de caminar, todo me llama la atención como si nunca hubiese salido a la calle antes.
De pronto me acuerdo de que iba apuradísima y camino más rápido, pero ya da lo mismo, porque voy media hora atrasada igual. Y llego tarde y la excusa es que los remedios, que el sueño, que el metro, que mi hermana, que mi mamá... El punto es nunca decir la verdad: que sin tí, todos los días tengo que aprender a hacerme el ánimo de vivir.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)